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El movimiento estudiantil que hace medio siglo cimbró al país impulsó cambios profundos en la familia, el Estado y la sociedad que los científicos sociales siguen analizando.

En el verano de 1968, tras la escalada de violencia encabezada por el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz contra un heterogéneo movimiento estudiantil que se pronunciaba contra la arbitrariedad policíaca y la represión en todo el país, los líderes activistas decidieron efectuar una marcha distinta a las anteriores.

Los dirigentes estudiantiles de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Iberoamericana (UIA) y otras escuelas, agrupados en el Consejo Nacional de Huelga (CNH), acordaron marchar silenciosamente el 13 de septiembre desde el Museo Nacional de Antropología e Historia en el Bosque de Chapultepec hasta el Zócalo capitalino.

El objetivo era demostrarle al gobierno que no eran provocadores ni buscaban sabotear los Juegos Olímpicos que se celebrarían ese año en la Ciudad de México. Durante la movilización, que convocó a más de 250 000 personas, no hubo gritos ni arengas, sólo pancartas. Algunos asistentes llevaban la boca cubierta con cinta adhesiva.

Los estudiantes pensaron que con ese silencio simbólico contendrían las acometidas represoras de las autoridades. Pero se equivocaron: “durante esta marcha, un grupo de agentes del gobierno destrozó alrededor de cien autos y se robó otros diez pertenecientes a los manifestantes”, recuerda el astrónomo Manuel Peimbert Sierra.

El investigador emérito del Instituto de Astronomía de la UNAM, quien formó parte de un bloque de profesores en apoyo a las demandas del CNH, pensó que serían una especie de “paraguas” protector del movimiento estudiantil. Pero el gobierno de Díaz Ordaz no estaba dispuesto a ceder y dos semanas después perpetró la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

SALDO FATAL

No se sabe con exactitud el saldo del ataque de las fuerzas armadas contra manifestantes aquel fatídico 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Los diarios reportaron 30 muertos (cifra oficial), 53 heridos graves y más de 1 500 detenidos. Pero al paso del tiempo, con los cambios de gobierno y el acceso a testimonios, archivos y expedientes sobre el movimiento, las cifras han ido cambiando. Según las estimaciones de la embajada de Estados Unidos en México habrían muerto entre 150 y 200 personas, mientras que el reporte de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado difundido en 2006 sugiere que no es posible dar una cifra definitiva, aunque menciona reportes que consignan hasta 350 muertos.

Los hechos

“Paredes agujereadas por las balas; vidrios destrozados, rostros pálidos, desencajados; labios resecos y ojos llorosos; zapatos regados por doquier, grupos de personas que en ropa de dormir y con algunas pertenencias bajo el brazo salían de sus hogares; volantes y pancartas tapizando el piso; tanques en las calles; policías y soldados en constante vigilancia; signos de destrucción, de muerte”.

Esta crónica de Juan Aguilera, publicada en la edición Últimas Noticias del diario Excélsior, constituye uno de los primeros testimonios directos de la desolación que se vio en la Plaza de las Tres Culturas y los edificios aledaños aquel rojo amanecer del 3 de octubre de 1968, un día después del ataque con el que el gobierno silenció a punta de metralla una manifestación pacífica. Con esa matanza, la cual otros medios de comunicación apenas mencionaron como reyerta debido a la falta de libertad de expresión, se puso fin a un complejo movimiento estudiantil que comenzó a gestarse meses atrás y cuya influencia sigue vigente en la sociedad actual.

A 50 años de esos sucesos parece que ya todo se ha dicho y escrito sobre aquel movimiento estudiantil que transformó al Estado, la sociedad y las familias. Pero no es así. Como afirma la historiadora Eugenia Allier Montaño, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, persisten muchas interrogantes sobre sus orígenes y desarrollo, que sociólogos, antropólogos e historiadores buscan responder.

En México 1968 no había libertad de expresión ni medios de comunicación independientes del poder.

22 de julio
Tras una reyerta entre estudiantes de la preparatoria Isaac Ochoterena y la Vocacional 5 del IPN, la policía ingresa en ese plantel.
26-29 de julio
Varios planteles de la UNAM e IPN paran labores en protesta por la intervención policiaca.
30 de julio
El ejército irrumpe con un bazucazo en la preparatoria de San Ildefonso.
1 de agosto
El rector Javier Barros Sierra defiende la autonomía de la UNAM y condena públicamente los hechos.
2 de agosto
Profesores y estudiantes conforman el Consejo Nacional de Huelga (CHN) como órgano director del movimiento.
4 de agosto
El CNH lanza un pliego petitorio con demandas como disolver el cuerpo de granaderos y libertad a los presos políticos.
27 de agosto
Una marcha del Museo Nacional de Antropología al Zócalo capitalino reúne a unas 30 000 personas.
28 de agosto
Tanquetas del ejército entran de madrugada al Zócalo para dispersar a los manifestantes.
7 de septiembre
Marcha de las antorchas en Tlatelolco.
13 de septiembre
Se efectúa la marcha del silencio para condenar la represión.
18 de septiembre
El ejército entra en Ciudad Universitaria, vulnerando una vez más la autonomía universitaria.
23 de septiembre
Renuncia el rector de la UNAM. Granaderos y estudiantes se enfrentan en instalaciones del IPN (Casco de Santo Tomás).
2 de octubre
El ejército dispersa un mitin muy concurrido en Tlatelolco. Francotiradores y el Batallón Olimpia disparan contra la multitud.

El contexto

Durante la década de los años 60 las dos grandes potencias nucleares, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, seguían enfrascadas en la disputa ideológica de capitalismo contra socialismo que surgió al terminar la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, competían por la supremacía en la carrera espacial, que culminó con el viaje a la Luna en 1969 (véase ¿Cómo ves? No. 100).

Mientras el ejército de Estados Unidos arrasaba Vietnam y las tropas soviéticas sofocaban los intentos de apertura democrática en Checoslovaquia, proliferaban cientos de grupos artísticos, movimientos de protesta, pacifistas y contraculturales. Fuera de los campos de batalla, inventos como el avión supersónico, la píldora anticonceptiva y la minifalda comenzaban a revolucionar ideas y modos de vida.

De la Universidad Columbia, en Nueva York, al Mayo parisino, decenas de movimientos estudiantiles se sucedieron durante ese emblemático 1968, año en que los Beatles lanzaron su pieza Revolution y en el que fueron asesinados en Estados Unidos el senador Robert Kennedy y el activista pro derechos civiles Martin Luther King. Las gigantescas olas de ese turbulento escenario mundial también llegaron al México de entonces.

Para el historiador Ariel Rodríguez Kuri, la sociedad mexicana en ese tiempo, conservadora dentro y fuera de la familia, plagada de ansiedad y culpas, estaba dominada por un mundo de adultos que decían no entender a una juventud cada vez más numerosa. En esa sociedad conservadora el presidente de la República contaba con el apoyo tácito de una mayoría “silenciosa” que condenaba el movimiento sin decirlo. “En el 68 mexicano claramente hay un conservadurismo social muy acusado que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz supo leer y utilizar en su beneficio”, argumenta Rodríguez Kuri, director del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.

Gilberto Guevara Niebla, especialista en temas educativos y líder estudiantil del 68, recuerda que en esa década, en la cual el ejército reprimió varias huelgas universitarias y otros movimientos sociales, en México operaba de facto un Estado autoritario que no toleraba la disidencia política. No había libertad de expresión ni medios de comunicación independientes del poder. “Los jóvenes vivían muy reprimidos. En los hogares imperaba la autoridad del padre. La familia era muy opresiva y la sociedad muy represiva, sobre todo en el aspecto sexual, aunque esto comenzaba a cambiar con la llegada de la píldora anticonceptiva”, dice Gilberto Guevara.

Esa atmósfera de tensión entre el mundo adulto y los chavos, en la que llevar el pelo largo, vestir de forma estrafalaria o escuchar rock causaba escozor en muchos sectores sociales, propició un movimiento que se convirtió en una especie de coctel explosivo de relajo y espíritu festivo, pero también de anhelos de libertad de los jóvenes.

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